Oler a repostería sin encender el horno, perfumes gourmand

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Los perfumes gourmand con olor a repostería no son una extravagancia. Huelen a dulces concretos, a masas recién hechas y a azúcar tostado. No prometen misterio ni mucha sofisticación: prometen placer inmediato. Como oler a churros con chocolate, pero sin tener que madrugar, ni el rastro a frito.

Durante años, el perfume aspiraba a una cosa muy clara: Oler a flores, a limpio, a mar. ¡Mucho mar! Un mar indefinido, Que oye, tiene su público, pero no siempre apetece ir por la vida oliendo a naufragio o a sirena maltratada por las olas. La cocina, en cambio, siempre se quedaba fuera del frasco. Hasta que alguien pensó: ¿y si a este jazmín le metemos dulce de leche, Julia?

Así empieza la historia de los perfumes gourmand, y más concretamente de los que huelen a repostería. Perfumes que no se andan con rodeos y te plantan una vainilla cremosa, un caramelo caliente, un pistacho dulzón o directamente un bizcocho recién hecho. Nada de “acordes evocadores” ni “sensaciones etéreas”. Esto es azúcar, mantequilla y horno. Y no, no hablamos de oler vagamente dulce. Hablamos de perfumes que podrían describirse como “huele a pastelería a primera hora” o “esto me recuerda a unas perruñillas caseras”. Lo curioso es que funcionan. ¡Y mucho!

La explicación es sencilla. El olfato no es un sentido refinado ni racional: es directo y emocional. Va directo a la memoria . Los estudios recogidos por la Encyclopedia of Smell History and Heritage explican que los aromas dulces y comestibles suelen estar asociados a momentos de cuidado, celebración o descanso. Oler a repostería no es solo oler bien: es oler a algo conocido.

Durante mucho tiempo, lo dulce en perfumería se miró con recelo. Demasiado infantil, demasiado empalagoso. Hasta que en los años noventa Angel, de Mugler, decidió que eso daba igual. Azúcar, chocolate y caramelo sin complejos. A algunos les pareció excesivo; a otros, absolutamente adictivo. Y, sin quererlo, abrió una puerta que ya no se ha vuelto a cerrar. (Y no estamos hablando de la del horno)

La repostería empezó a colarse poco a poco en los frascos más elegantes y caros. El café con vainilla de Black Opium, de Yves Saint Laurent, convirtió el olor a cafetería en un básico. Love, Don’t Be Shy, de By Kilian, apostó sin pudor por el azúcar y la flor de azahar. Y Italica, de Xerjoff, directamente parece una vitrina de pastelería italiana: pistacho, almendra, leche y sobremesa larga. ¡Chupable mamable y hasta el palito masticable!

Vainilla, leche, caramelo, bizcocho… La perfumería se ha metido de lleno en la pastelería
Vainilla, leche, caramelo, bizcocho… La perfumería se ha metido de lleno en la pastelería

En los últimos años, los perfumes han dejado de insinuar y han empezado a señalar. Bake, de Akro, huele a tarta de limón recién hecha, con su mantequilla y su punto ácido. Devotion, de Dolce & Gabbana, se hizo famoso por algo muy fácil de explicar: huele a panettone. No “recuerda”, no “sugiere”. Huele rico. ¡Y ya está!

Este tipo de perfumes no buscan impresionar ni resultar misteriosos. Buscan gustar. Reconfortar. Funcionar como una especie de manta olfativa. En un mundo acelerado y bastante ruidoso, oler a algo sencillo y reconocible es casi terapéutico. No necesitas saber de perfumes para entenderlos.

Al final, los perfumes gourmand con olor a repostería no van de moda ni de postureo. Van de memoria, de placer y de cercanía. De llevar en la piel algo que te hace sonreír sin darte cuenta. Como cuando hueles a algo rico y, de repente, el día parece un poco mejor.


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